Todos hemos padecido el espanto del día cuando al mirar a la mujer amada descubrimos que ya no nos pertenece más que como nostalgia, que se ha ido dejándonos su sombra.
La fatalidad no es imputable a las pobres mujeres, siempre invencibles. Y tampoco es culpa nuestra. Así son las cosas. Un día sin aviso, sin que podamos evitarlo, la novia se transforma en una desconocida. Como en los trucos de los prestidigitadores. O en los hechizos.
... Algunas mujeres son frágiles, otras duran más, en cuyas estaciones nos demoramos como en un vicio. Pero todas descubren al fin la grieta por donde se filtra el encanto, como las canciones que se van deteriorando en el recuerdo, o los fantasmas de unas flores sin gloria de un altar caído.
... Los hombres que reducen su vida amorosa al mariposeo, que van de mano en mano, de cama en cama, ignoran que todas las mujeres son la misma mujer según proclamó el pensador árabe. Y se convierten en un cementerio ambulante de tumbas de mujeres que se pudren bajo un nombre sin epitafio. Y saben, tarde, que lo mejor hubiera sido conservar la novia de la primera inocencia.
Eduardo Escobar.
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